El sol aún no había terminado de salir cuando el vehículo blindado de Dante entró por la puerta de servicio de la zona portuaria, pasando los controles con autorizaciones que él mismo había tramitado en silencio durante la noche. Llevaba ropa oscura, guantes, la llave de bronce número 17 apretada con fuerza en una mano y el arma corta que casi nunca sacaba a la luz en la otra. Yo iba a su lado, el corazón golpeándome las costillas con fuerza descomunal, la mente dándole vueltas sin parar a lo que habíamos escuchado escondidos en el desván: Don Armando Ruiz, el padre de Alejandro, el hombre que una vez me dio la bendición para casarme con su hijo, era el verdadero cerebro de todo. No solo había encubierto el crimen hacía siete años. Había ordenado el accidente de su propio hijo para callarlo, había pactado con Camila desde el primer día, había jugado con todos nosotros como piezas de ajedrez durante años sin que nadie sintiera la menor sospecha.
—Quédate siempre detrás de mí —murmuró Dante al bajar, cerrando la puerta con suavidad, y me tomó la mano apretándola fuerte, sus ojos oscuros recorrieron todo mi rostro con una ternura que contrastaba brutalmente con la dureza del momento—. No te aleves ni un paso. Pase lo que pase, no sueltas mi mano. ¿Me oyes? Nada ni nadie te va a tocar aquí. Lo juro por la memoria de mi hermano.
Asentí sin palabras. Caminamos entre contenedores gigantes de colores oxidados, entre el olor fuerte a salitre, gasolina y mar, bajo un cielo gris plomo que amenazaba lluvia en cualquier momento. El almacén 17 estaba al final del muelle más alejado, el que casi nadie usaba, una construcción de chapa y cemento vieja, cerrada con candados gruesos y cadenas oxidadas. No había nadie a la vista. Solo el sonido de las olas rompiendo fuerte contra las rocas y el viento silbando entre las estructuras metálicas. Dante insertó la llave en la cerradura principal, giró despacio y sonó el clic seco y metálico que significaba: abierto.
Empujó la puerta pesada que crujió fuerte en sus bisagras viejas. Entramos los dos juntos con linternas en mano, los haces de luz blanca cortando la oscuridad espesa y polvorienta. Había estanterías altas llenas de cajas, muebles viejos, archivos atados con cuerdas, cosas que llevaban años olvidadas allí. En el centro, sobre una base de cemento, estaba exactamente lo que buscábamos: la caja fuerte negra, pequeña, maciza, de acero reforzado, con solo dos formas de abrirla: la llave física que teníamos, y la huella digital de Camila Torres.
—Alejandro dijo que solo hacía falta la llave —susurré, acercándome muy poco a poco.
—Ella cambió el sistema hace dos años —respondió Dante frunciendo el ceño, pasando los dedos por encima del panel de lectura—. Él no lo sabía. Necesitamos ambas cosas. Tenemos la mitad. La otra mitad la lleva ella siempre encima.
En ese preciso instante sonó a lo lejos el ruido de motores de autos acercándose rápido, frenazos de goma sobre asfalto, voces de hombres ordenando cosas en voz baja. Se apagaron las linternas de golpe y nos agachamos detrás de una pila alta de cajas de madera, pegados el uno al otro, sin respirar siquiera. La puerta se abrió de par en par y entró la luz fuerte de dos linternas grandes.
—Busquen en todos lados —ordenó una voz fría, autoritaria, que heló la sangre en mis venas. Don Armando. Detrás de él, caminando lenta y elegante como siempre, vestida de negro de pies a cabeza, Camila. Se veía tranquila, serena, casi aburrida—. Sabemos que estuvieron en la casa. Sabemos que sacaron algo del desván. Si tienen la llave, vinieron hasta aquí. No se van a ir con nada. Quiero encontrarlos vivos si es posible, pero si no hay opción… hagan lo que tengan que hacer.
Pasaron veinte minutos eternos. Hombres con linternas pasaban a escasos metros de nuestro escondite, el polvo nos hacía cosquillas en la garganta y yo aguantaba las ganas de toser con todas mis fuerzas. Dante tenía el brazo fuerte alrededor de mi cintura apretándome contra su pecho, podía sentir su corazón latiendo tan rápido y fuerte como el mío, su aliento tibio rozándome la frente. En un momento dado Camila se detuvo a solo tres metros de donde estábamos, se quedó quieta, olfateando el aire como una fiera, y sonrió muy bajito.
—Sé que están aquí —dijo en voz alta, dulce y aterradora a la vez—. Puedo olerlos. Dante Vásquez siempre trae ese mismo olor a madera y mar. Y la niña buena… siempre huele a limpio y a esperanza. Qué lástima que la esperanza se muere tan fácil.
Por fin se fueron, ordenando cerrar con llave y vigilar todas las salidas hasta el día siguiente. Esperamos una media hora más asegurándonos de que realmente se hubieran ido del todo, y salimos arrastrándonos por una ventilación alta en la parte trasera que daba directamente a los acantilados sobre el mar, corriendo agachados hasta el vehículo escondido entre la maleza. No trajimos la prueba, pero habíamos confirmado dónde estaba, cómo se abría y lo más importante: ellos ya no tenían dudas de que lo sabíamos todo.
Ya de regreso, en la carretera solita de regreso a la ciudad, el cielo se rompió y empezó a llover con fuerza, limpiando todo a su paso. Dante manejaba lento, con una mano en el volante y la otra sin soltar la mía ni un segundo. De repente frenó completamente a un lado del camino, apagó las luces y el motor, y se giró por completo hacia mí en la oscuridad. No dijo nada. Solo me miró a los ojos profundamente, bajó la mirada a mis labios y esta vez no se detuvo, no se corrigió, no puso barreras. Se acercó despacio, con toda la calma del mundo, y me besó.
Fue un beso lento, profundo, cargado de cuatro años de miradas a la distancia, de silencios, de miedos, de dolor compartido, de un amor que había nacido en el peor momento de mi vida y que habíamos estado reprimiendo con fuerza de voluntad de acero. No fue desesperado ni urgente. Fue hogar. Fue la confirmación de que todo lo malo habíamos pasado, habíamos sobrevivido, y por fin nos habíamos encontrado el uno al otro. Sus manos grandes y cálidas me acariciaron el rostro con infinita ternura, mis dedos se enredaron en su cabello negro, y por un rato largo olvidamos las amenazas, los crímenes, los traidores, el peligro que nos rodeaba por los cuatro costados. Solo existíamos nosotros dos.
—Te amo —murmuró contra mis labios cuando nos separamos muy poquito, sin alejarse del todo, la frente pegada a la mía, la voz rota de emoción contenida—. Te amo desde el primer segundo que te vi parada en los escalones de esa iglesia, destrozada pero con la cabeza más alta que todas las personas juntas. Llevó cuatro años poder decírtelo en voz alta. Y voy a pasar el resto de mi vida demostrándotelo, y manteniéndote a salvo.
—Yo también te amo —le respondí con los ojos llenos de lágrimas felices, riendo y llorando a la vez—. Te amo con todo lo que soy.
En ese momento el celular sonó dos veces sobre el tablero. Mensaje de número desconocido, el de siempre:
*Muy bien hecho por salir vivos. Ahora escuchen bien: *la huella digital que necesitan para abrir la caja, ya no la tiene Camila en el dedo. Se la transfirió digitalmente y la guarda dentro de un collar que nunca se quita. Mañana por la noche, en la gala benéfica anual de la catedral, se lo quitan. O se lo quitan a ustedes para siempre.
Miramos la pantalla y luego nos miramos el uno al otro. La gala benéfica. El mismo lugar, la misma iglesia, el mismo escenario donde todo empezó. El destino tenía un sentido del humor verdaderamente macabro.